¿Qué son los Sacramentos?

Rvdo. Sr. D. Juan Ignacio Damas López

Párroco de Cristo Rey

Párate a pensar… hermano cofrade… antes de leer el siguiente artículo, si podrías responder a esta pregunta… si la trascendencia de la misma te hace reflexionar y pensar cómo has podido acercarte a cada uno de ellos en algún momento de tu vida cristiana y todo lo que ello engloba.

De la mano de nuestro párroco D. Juan Ignacio, formador espiritual por excelencia, nos introduciremos e iremos dando respuesta y forma a las distintas expresiones de fe y relación con Dios aún llenándonos más de ellas en nuestro día a día.

1.- DEL ASPECTO CIENTÍFICO AL SACRAMENTAL

La compré en México. La ingenuidad y la sencillez del barro fue otra (entre tantas) de las cosas que me tendieron un lazo al corazón cuando estuve allí. Casi podría decir “me la regalaron” en lugar de “la compré”. No porque costase pocos pesos, sino porque su valor no podría tasarse si siquiera en dólares (hay cosas que no se pueden pagar). Fue un regalo, como todo lo que allí encontré: como el viaje, como la familia y el calor humano, como los colores vivos de los pueblos, como el cariño, como las miradas esquivas de los indios, como los contrastes violentos, como la piedra y el cielo… Y, puesto que no podía traer un pueblo entero, me traje una iglesia hecha con barro y con manos mexicanas.

Cualquier objeto puede ser contemplado desde fuera. Y entonces será considerado simplemente como eso: como un objeto. La iglesia mexicana también. Cualquiera puede considerarla como una simple iglesia de barro cocido, pintada en tonos cafés y con las dos torres pegadas con pegamento. Al físico quizás le interese en cuanto que puede analizar los minerales que componen su barro. El economista podrá aportar una serie de informaciones sobre los precios del barro y su producción o sobre la comercialización de la artesanía popular. El artista puede considerarla un objeto de pésimo o de grande valor estético. El historiador podría ocupar su tiempo en indagar cuándo y a raíz de qué llegó a plasmarse un retazo de cultura mexicana en una representación tal. Pero todos la mirarán como un objeto. Es típico de nuestra cultura, de nuestra época, considerar todo como cosa, como objeto de nuestro análisis y de nuestra ciencia. Podemos hacer muchas ciencias sobre un mismo objeto, porque nos resulta interesante verlo desde muchos puntos de vista científicos. Por eso hoy en día cada vez sabemos más sobre cada vez menos. Es un objeto más entre otros tantos objetos. No creó historia con nadie ni entró en la vida de nadie.

Pero ésta no es así: entró en mi vida y en mi historia, y es un objeto único en el mundo: no hay ninguno igual que él. Tanto, que dejó de ser ob-jeto y se convirtió en su-jeto. Posee, como todos los sujetos, una historia que puede ser contada y recordada. Existe una relación profunda. Una relación no científica, sino afectiva, de amor. Y ese tipo de relación hace surgir en nosotros un punto de mira que nos permite apreciar un valor inestimable existente. Y la iglesia de barro tiene voz para hablar. Habla del calor humano, del cariño grande que cabe en la gente pequeña; de la familiaridad y de la acogida. Habla de las incongruencias y de lo maravilloso de un mundo que nos queda tan cerca y tan tremendamente lejano. Y dentro de ella cabe una nación entera, aunque por su puerta no podría penetrar un muñeco más alto de 7 centímetros. No importa que sus torres estén recompuestas; ni siquiera interesa saber por qué bailan margaritas alrededor de las torres: no es eso lo importante.

Al contemplar una cosa desde fuera me encuentro con ella, me inclino sobre ella, la manipulo, la transformo, y dejo que la cosa se quede en mera cosa, objeto del uso y abuso humano. Es el pensar científico de nuestra época. No es malo; pero el hombre también se puede relacionar humanamente con las cosas.

Contemplando una cosa desde dentro, no nos concentramos en ella, sino en el valor y el sentido que ella ha asumido para mí. Deja de ser cosa para transformarse en un símbolo, en un sacramento.

Sacramento significa, precisamente, esa realidad del mundo que, sin dejar el mundo, habla de otro mundo, el mundo humano de las vivencias profundas, de los valores incuestionables y del sentido de la vida. Comprender esta forma de pensar en las cosas y de relacionarse con ellas es abrirse a la acogida de los sacramentos de la fe.

2.- DE LA IN-MANENCIA A LA TRANS-CENDENCIA: ¡TRANS-PARENCIA!

No tiene ningún valor, es simplemente un pedazo de papel de 9 centímetros cuadrados con un dibujo de trazado infantil que representa un niño triste. Como triste vivió siempre el que lo dibujó. Entonces era un adolescente por la edad, pero muy niño porque le habían negado muchas cosas de las que los seres humanos necesitamos para crecer. Poco después de hacer el dibujo quiso romperlo: en realidad lo quería partir en pedazos —aunque él no era consciente de ello— era su mala fortuna, de la que yo y alguna gente más se salpicó. Pero no, no lo rompió; sólo está arrugado. Y sigue ahí, desde hace tiempo, guardado en la cartera.

El pedazo de papel recuerda algo que no es meramente papel ni carbón de lápiz. Algo que trans-ciende el papel y el lápiz. El papel dibujado es, por su parte, algo in-manente: permanece ahí. Tiene su apariencia, su tamaño, tu textura, sus arrugas. Pero ese trozo de papel (=realidad in-manente) hace presente algo que no es papel (=realidad trans-cendente). ¿Cómo lo hace? Por el papel y el tizne negro: a través de ellos. Este trocito de papel, no es como los demás trozos de papel, aunque a diario tiramos decenas de fragmentos de papel similares a éste a la papelera.

Este pedazo de papel con su figurita trazada en negro y sus arrugas se volvió trans-parente para manifestar la realidad del dolor, de la desesperanza, de la ayuda, de la impotencia, de la soledad, de la oración…

El sacramento introduce dentro de sí una experiencia total. El mundo no está dividido en inmanencia y transcendencia. Existe otra categoría intermedia, la trans-parencia, que acoge en sí tanto a la inmanencia como a la transcendencia. Estas últimas no son dos realidades opuestas, una frente a la otra, excluyéndose, sino que son dos realidades  que comulgan y que se encuentran entre sí.  La transparencia quiere decir exactamente eso: lo transcendente se hace presente en lo inmanente, logrando que éste se vuelva transparente a la realidad de aquél. Lo transcendente, irrumpiendo dentro de lo inmanente, transfigura lo inmanente, lo vuelve transparente.

Entender esto es entender el pensamiento sacramental y la estructura del sacramento. No entender esto significa no entender nada del mundo de los símbolos y de los sacramentos.

3.- DEL PRESENTE AL PASADO Y AL FUTURO

Hace ya muchos años que murió la abuela, pero sigue estando todavía presente entre nosotros: en los recuerdos, en lo que nos enseñó, en lo que dejó marcado en cada uno de nuestros corazones y en cada una de nuestras mentes… Y también en muchas cosas.

La queríamos con locura (como ella a nosotros; que amor con amor se paga). El libro de oraciones era suyo. Nosotros la vimos muchas veces leyendo en él. Incluso en ocasiones nos leía alguna de sus páginas. Ella sabía que me gustaba el libro y al final me lo dio (lo del final fue un decir; me lo dio cuando pensó que había llegado el tiempo de dármelo). Ésta es mi única herencia (bueno no, también tengo el reloj de cadena del abuelo, que me lo dio también cuando pensó que había llegado el momento de dármelo porque él, con sus ojos ya casi a oscuras, no podía leer sus números…

Ahí está el librito. Con el terciopelo verde de las pastas gastado y con algunas páginas a punto de descuadernarse. Con sus grabados impecables protegidos por hojas de papel de seda. Cuando abro el libro es como si fuera arrebatado por una mano gigantesca e invisible de este tiempo en el que vivo y me trasladase a aquél; como si volviese a emparejarme como cuando era niño para medirme, frente con frente, con la abuela para decirle: “ya soy más alto que tú”. Pero esa mano poderosa me traslada también, saltando siglos, hacia el tiempo futuro, porque sé —bien que sé— que lo que hay en mi corazón y en mi mente no es sólo una añoranza de lo que fue, sino también de lo que está por venir. Yo continuamente leo libros y periódicos y revistas, pero casi siempre olvido lo que dicen. Pero el libro de la abuela no es un libro como los demás. Cuando hoy lo abro me traslado al ayer y al mañana. Ya sé que el tiempo es tremendamente voraz: un día se come a otro día, y una hora sepulta la hora anterior; sé también que el ayer y el hoy y el mañana son irreconciliables y que pretender unirlos sería tan pretencioso como tener la eternidad entre las manos. Pero lo más parecido a la eternidad que los hombres podemos vivir aquí en la tierra es el instante; y a veces, sólo por un instante (¡nada más y nada menos que por un instante!) al abrir el libro me doy cuenta de que cada una de sus páginas tiene un pedazo de eternidad.  

Muchas cosas tienen ese poder: el de tender una mano entre el pasado y el futuro. Y no es nostalgia de aquél, ni intento de escapar hacia este otro todavía no cierto. Muchas cosas tienen el poder de iluminar, de llenar de sentido el presente preñándolo de pasado y de futuro. El que entienda esto seguro que sabe bien lo que es un sacramento.

4.- ¿¡TODO ES SACRAMENTO!?

¡Bueno!, es hora de parar un momento el carro… Según estamos diciendo parece que todo puede ser sacramento. Pero…, siempre se ha dicho que los sacramentos de la Iglesia son siete: el primero bautismo, el segundo confirmación, el tercero… Sí, es verdad, pero eso es otra cosa.

No queremos negar —entendámoslo bien— que los sacramentos de la Iglesia son eso, los sacramentos de la Iglesia. Pero el bautismo, la confirmación y todos los demás no podrían ser sacramentos de la Iglesia si todo el mundo material (cosas, personas, relaciones entre las personas) no pudiera ser sacramento. La sacramentalidad existe en la Iglesia no porque la Iglesia se lo haya inventado, ni siquiera porque Jesús la haya inventado. La sacramentalidad, es decir, la posibilidad que las cosas tienen de hablar de otro mundo, de ser transparentes y de conjugar en un sólo instante el presente, el pasado y el futuro, es algo que lleva ya mucho tiempo inventado, tanto como el universo, como la tierra y como el hombre. Porque las cosas encierran en sí la posibilidad de ser sacramentos (y no estamos hablando ahora de ser sacramentos de Dios, pero tampoco lo negamos) justamente desde el momento en que son cosas para el hombre, es decir, desde siempre. No cabría la posibilidad de hablar de los sacramentos de la Iglesia si no pudiéramos hablar de una sacramentalidad previa a ellos.

5.- LAS DOS FUNCIONES DEL SACRAMENTO: INDICAR Y REVELAR

La transparencia del mundo con respecto a Dios es la categoría que nos permite entender la estructura y el pensamiento sacramental. Esto significa que Dios nunca es alcanzado directamente en sí mismo, sino siempre juntamente con el mundo y con las cosas del mundo que son transparentes para dejar que él se manifieste a través de ellas. Por eso, la experiencia de Dios es siempre una experiencia sacramental. Y el sacramento tiene dos funciones:

En su función indicadora, el objeto sacramental indica hacia Dios, presente en él. El objeto no absorbe en sí la mirada del hombre; hace que la mirada se dirija hacia Dios, presente en el objeto sacramental. El hombre ve el sacramento, pero su mirada debe transcenderlo y descansar en Dios, comunicado en el sacramento. Esa es la función indicadora del sacramento: va del objeto a Dios.

En su función reveladora el sacramento revela, comunica y expresa a Dios presente en él. Dios que es invisible e inaprensible se hace sacramentalmente visible y captable. La presencia inefable de Dios en el objeto hace que éste se transforme y se transfigure y lo convierte en vehículo e instrumento de comunicación del mundo divino. Esta es la función reveladora del sacramento, que va de Dios al objeto

6.- LOS DOS TERMINOS CLASICOS PARA HABLAR DEL SACRAMENTO: 

MYSTERION” Y “SACRAMENTUM

Los padres de la Iglesia emplearon principalmente dos términos para referirse a lo que nosotros denominamos sacramentos de la Iglesia. En concreto estos dos términos son mysterion y sacramentum.

El vocablo mysterion es griego. Es difícil precisar su sentido original (es curioso que el vocablo es misterioso incluso en su etimología. La hipótesis más comúnmente aceptada es que proviene del verbo miein (=cerrar los labios o la boca). El término se empleó sobre todo en el mundo griego para referirse a los cultos de las religiones mistéricas. Sólo muy tardíamente fue adoptado por los escritores cristianos para referirse a las celebraciones cristianas. Mysterion hace referencia especialmente a lo que el sacramento tiene de oculto, de misterioso, de realidad divina que se escapa del conocimiento y de la experiencia humana.

El vocablo sacramentum fue utilizado por primera vez para designar a los sacramentos cristianos (en concreto al bautismo) por Tertuliano, traduciendo por este término el griego mysterion. Sacramentum, de origen latino, derivado de sacrare y de sacrum, significa que una cosa ha sido es elevada al ámbito de lo divino por medio de una consagración. En el lenguaje profano, sacramentum era la suma de dinero que dos partes en litigio tenían que depositar en el templo, de manera que la parte que perdía el juicio perdía también el dinero. Significaba también el juramento que los soldados hacían al emperador o el juramento entre las dos partes que concluyen un pacto. El juramento y el pacto se sellan siempre con un signo externo. En este sentido sacramentum referido a los sacramentos hace más bien referencia no a la parte invisible (divina, intangible, misteriosa, secreta…) sino a lo visible (al elemento material).

Sin querer simplificar demasiado las cosas, puede ser significativo recordar que el concepto sacramental de la Iglesia latina (nuestra Iglesia) ha estado siempre más cerca del sacramentum, mientras que la idea sacramental de la Iglesia griega se ha desarrollado más en la línea del mysterion.